Camila era una joven alta, alrededor de los 1,78m, muy alta quizás para esa época, muy delgada, elegante y de muy buen porte, piel blanca, cabello castaño, ojos casi negros, bien repartida, su dentadura algo descuidada, ya que uno de sus insicivos estaba careado, nadie sabe a ciencia cierta cuales eran sus actividades en profundidad, lo que si sabemos es que tocaba el piano y la guitarra muy bien, entre scherzos y cielitos dedicaba buen tiempo a la música con bastante compromiso, vale aclarar esto ultimo porque  su pasión por este arte iba mas allá de las obligaciones de las niñas del Buenos Aires de aquel entonces que eran mandadas a tomar clases de piano o guitarra para alegrar las tertulias de la familia.

Dotada de una buena voz para el canto, solía colaborar en las misas de la Iglesia del Socorro cantando en las mismas, aclamada por todos a la hora de amenizar las reuniones.

Su curiosidad traspasaba toda frontera, gran observadora del comportamiento humano, las ciencias, la física de lo cotidiano y lectora voraz. Sus autores de cabecera eran Alphonse de Lamartine y Esteban Echeverria entre otros sin mencionar en detalle todos aquellos libros de ciencia que llegaban a sus manos.

Música de fondo para Camila. Una pieza musical tocada en piano, austera, llena de misterio que invita a la reflexión, muy lejana y nostálgica como la misma expresión de Camila....si ella misma la hubiese tocado...estaríamos en lo cierto, la tocaría así, con la mirada muy lejos, con esas notas largas, interminables, pensando como seguir la melodía, con ese tiempo místico que nos da una improvisación que lleva sobre si todo el peso del tiempo.

Ahora que ya tenemos esa melodía que asoma por momentos, como un pasillo muy largo, que nos une a través del tiempo vamos a situarnos en el entorno de una ciudad de casas bajas, vestida por las noches de luz amarillenta y pobre, soleada o no en las mañanas con el sonido de las voces del viento, ruedas, cascos herrados, vendedores, niños y grandes, el ladrido de un perro y los olores que ponían en jaque a este caserío pretencioso de llamarse Buenos Aires.

Recuerdos sin distorsión alguna (Vida cotidiana en Buenos Aires siglo XIX)

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